Bajo la lupa►Desigualdad

“Acabaré con la pobreza”, el canto de la historia universal

Por Melina San Martín

Los niños y la desigualdad. Los edificadores de la sociedad del futuro como los principales afectados del subdesarrollo. 


Existe una frase que nunca envejece. Que se reescribe en los bocetos de la discursiva popular y se grita en las plazas como un pacto de voluntad. Se repite en discursos, convenciones y cafés; y llora en silencio cuando la olvidan luego de tropezar. La pobreza es la pena que sigue de cerca a la recesión, la injusticia social y la inseguridad. 

 

Argumentos sólidos se erigen contra esta problemática que traspasa fronteras y comparte pretextos. Situaciones de extrema pobreza como las que enfrentan 863 millones de personas en el mundo son una consecuencia manifiesta de la falta de desarrollo sustentable de un país; al mismo tiempo, que imposibilitan su progreso y prolongan la escasez. Aquellos que viven en tales situaciones subsisten con un ingreso diario menor a u$s 1.25 y enfrentan problemas tales como la malnutrición, condiciones de vida insalubres, mayores riesgos hacia situaciones de violencia doméstica, analfabetismo y marginación social. Peor aún, dicha condición perjudica mayormente a los niños pequeños a quienes una nutrición inadecuada o incluso la carencia de una comida decente al día, afecta su desarrollo cognitivo y su capacidad de aprendizaje; derivando, en muchos casos, en el fracaso escolar. Una buena nutrición es la primer medida de prevención contra numerosas enfermedades infantiles que pueden dejar secuelas de por vida. 

 

"Cuando no hay suficiente comida, el cuerpo tiene que tomar una decisión sobre cómo invertir la cantidad limitada de sustancias alimenticias disponibles. Primero está la supervivencia, luego el crecimiento. En cuanto a la nutrición, el cuerpo parece que está obligado a clasificar el aprendizaje en último lugar. Es mejor ser estúpido y estar vivo a ser inteligente y estar muerto" (Sagan y Druyan).

 

Muchos países, principalmente latinoamericanos, conviven con dos factores extremos de la malnutrición, la desnutrición y el sobrepeso. Este último, asociado a dietas ricas en densidad calórica con menor contenido de fibras y un mayor contenido de sal y azúcares refinados, se debe principalmente a los problemas de inequidad en el ingreso que fomentan, en los sectores más vulnerables, la compra de alimentos de consumo masivo poco saludables y de bajo costo. Así como también, debido a la falta de políticas económicas aplicadas a la promoción y facilitación de una alimentación saludable y a la restricción de ciertas acciones publicitarias que fomentan el consumo de alimentos poco nutritivos en los niños.

 

Tal como alerta Unicef en el estudio 'Los niños de la recesión', en dicha situación adversa que se extiende también a los países desarrollados inmersos en crisis económicas, existe el peligro de crear una "generación perdida" que se enfrentará a enormes barreras, por poco insuperables, para alcanzar su verdadero potencial. Esta incapacidad deriva  inevitablemente en frustración, apatía, desinterés y displicencia social, generando brechas de segmentación alarmantes. 

 

Ante el impedimento, surge la angustia y el desanimo; se dejan a un lado las metas y soñar se transforma en la utopía de unos pocos ingenuos. Y aquí es donde el futuro venturoso comienza a titubear. Ya que una sociedad sin sueños, es una sociedad sin empeño, sin proyectos ni ideas. Es una sociedad sin niños que rían, ni jueguen, ni anhelen con convertirse en héroes. Es una sociedad aturdida por el silencio de tanto desierto. 

 

La pobreza deja surcos en la salud democrática de un país. Acrecienta brechas y arrebata libertades. Deshoja libros de cuentos y arrasa con fantasías. Abandona a niños desesperanzados y los obliga a crecer; sin sostén, sin comida, sin sosiego. 

 

Por ese motivo en la agenda 2030, los gobiernos de todos los estados miembros de la Organización de Naciones Unidas (ONU) se comprometieron a propiciar beneficios de protección social, principalmente para aquellas personas en situaciones de vulnerabilidad extrema. Aunando a una sociedad más justa que ponga fin a la pobreza en todas sus manifestaciones, en el curso de los próximos 15 años se busca  garantizar un nivel de vida básico, fortaleciendo los sistemas locales de salud y mejorando el cuidado del niño en el hogar, en especial en zonas afectadas por conflictos y desastres naturales. 

 

A tal fin, los estados, las empresas y los ciudadanos miembros de la sociedad civil deberán con sus acciones propiciar el ambiente ideal para el desarrollo sostenible de una comunidad fructífera, rica en entendimiento y comprensión social. Exigir y ofrecer trabajo digno, actuar en concordancia con el bien común y comprender el sentido de cohesión que nace de una sociedad justa y fértil, son preceptos indispensables a la hora de reducir los niveles de pobreza y achicar las brechas de desigualdad social. 

 

Sin embargo hablar de una única solución resultaría erróneo, dado que es fundamental contar con programas de lucha contra la pobreza que se adecúen a cada país, respaldados por acciones internacionales enmarcadas dentro de acuerdos de cooperación y ayuda solidaria. No obstante, resulta primordial incluir en los presupuestos nacionales, un fondo de inversiones en capital humano que haga especial hincapié en el desarrollo de políticas y programas de apoyo a las zonas rurales, los pobres de las zonas urbanas, las mujeres y los niños; con especial vigor en estos últimos, ya que son los más afectados, los más indefensos y los más acallados. Centrar el plan de desarrollo social en la educación y en la asistencia médica y nutricional de los más pequeños, es un paso cierto y duradero. 

 

“Durante mucho tiempo (...) creí que existía un elixir del crecimiento, un ingrediente mágico perdido (...), que si se tuviese en cuenta haría posible un milagro -incluso un milagro como el del Sudeste Asiático. Ya no lo creo. O mejor dicho, creo que conozco el ingrediente perdido. Es el trabajo duro. Es una tarea larga y ardua, mucha gente haciendo muchas cosas acertadas durante muchos años, la necesaria para el crecimiento de un país” (Fischer, 1999, p. 85). 


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