Bajo la Lupa►Acuerdo de París

Verano durante el Otoño

Por Melina San Martín

Cambio climático, el insomnio de la sociedad moderna. Desglosando los entretejidos del acuerdo de París.


Para asombro de Vivaldi, el siglo XXI resulta ser una paradoja de su añorada realidad. Su obra maestra se ha convertido en una pieza utópica de la existencialidad humana. Las estaciones se han alterado; y con ellas la ética universal. 

 

Durante el último siglo, la temperatura media de la superficie del planeta ha aumentado aproximadamente 0,74 grados. Puede decirse que cuanto mayor es el nivel de desarrollo mayores son los daños; dado que los países industrializados generan gases de efecto invernadero cuatro veces mayores que sus colegas en vías de desarrollo. Y la brecha se acrecienta aún más en relación a los países subdesarrollados, donde la seguridad alimentaria se presenta como la principal amenaza. 

 

En las regiones situadas en latitudes bajas, donde se encuentran la mayoría de los países en desarrollo, se proyectan reducciones de un 5 a un 10 por ciento de las cosechas de los principales cultivos de cereales, incluso en el caso de que el aumento de la temperatura sea reducido, de alrededor de 1 grado. Si bien se prevé́ que haya aumentos locales de la temperatura, de 1 grado a 3 grados, con consecuencias positivas en la producción agrícola de las regiones situadas en latitudes medias y altas, es muy probable que un calentamiento por encima de esas cifras tenga consecuencias cada vez más desfavorables también en esas regiones. En las estimaciones actuales del cambio climático se ha calculado que las temperaturas medias mundiales aumentarán entre 1,4 y 6,4 grados de 1990 a 2100. Se trata de una cifra notable, ya que suele considerarse que un aumento de 2 a 3 grados es el umbral límite, por encima del cual tal vez sea imposible evitar interferencias peligrosas en el sistema climático mundial (El comercio y el cambio climático, Organización Mundial del Comercio, 2009).

 

Ahora bien, finalizado el auge del liberalismo económico y consolidada la globalización dentro del tablero mundial, los estados se sientan, al menos por un momento, a observar la escoria de una sociedad sin medidas que sólo cavilaba en la inmediatez. En la desenfrenada carrera hacia la supremacía, yacía intocable la previsión. Carente de sentido, desdeñada e incluso malversada, fue dejada a un lado de las políticas económicas. 

 

Hoy frente a un desenlace atroz se inicia una nueva carrera, si bien un tanto menos descomedida, hacia la defensa del medio ambiente.  Considerando que el volumen del comercio mundial en la actualidad es casi 32 veces mayor que en 1950; propiciar un desarrollo sostenible es un tema prioritario para la agenda internacional. Aunque las grandes naciones se ven obligadas a arrimar el hombro hacia las energías sustentables; la desazón reina entre ellas. A la par de la ética llega la inversión y cada propuesta es traducida rápidamente como una reducción sustancial de beneficios (económicos). 

 

Sucede que el actual modelo de desarrollo subsiste gracias al combustible fósil, principal causante del efecto invernadero. Cualquier restricción al mismo representa una limitación sobre el potencial crecimiento de una nación. Por lo tanto, aquí se plantea el gran punto de inflexión; el origen de los recelos entre las naciones regladas y los grandes contaminantes “exentos de toda moralidad ambiental”. Muchos se preguntan por qué arriesgarse en adoptar prácticas responsables cuando existen países que no rozan siquiera los niveles mínimamente deseables de emisiones de carbono. ¿Será que el engranaje universal de esta nueva modernidad recae sobre aquellos que se encuentran al margen de la ética social? En otras palabras, si una nación desea producir desmedidamente puede hacerlo; no en su territorio, sino en un país (principalmente tercermundista) que esté fuera de cualquier acuerdo ambiental. Pero, ¿qué sucede cuando esas naciones, gracias a la promoción del empleo y las inversiones extranjeras directas, logran mejorar sus índices económicos y pasan a jugar en las grandes ligas? Véase los países miembros del BRICS, naciones que han dado pasos agigantados en la lucha por el desarrollo. 

 

No es descabellado imaginar entonces, la razón por la cual el popular acuerdo de París ha presenciado una ruptura orgánica sustancial. Estados Unidos, una de las principales potencias que con sus acciones busca amparar un modelo neoliberal mesurado, ha decidido no someterse a las restricciones que estipula dicho convenio. Un paso al costado de la ética ambiental. En definitiva, tal como el mercado así lo proclama, se trata de un “úsame y deséchame”. Cuando el imperio pierde su influencia, debe descartar a la torre y galantear con su reina su capacidad de sortear lineamientos y avanzar por los costados y en diagonal. Y si las circunstancias así lo requieren, echarse para atrás y volver a empezar.  


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